La teoría King Kong de Virginie Despentes

 

La traducción del libro corre a cargo de Paul B. Preciado. Su antigua pareja durante casi diez años. Comienzo por aquí porque es muy significativo por varias razones.
Preciado nació en España y tenemos la mejor posible de las traducciones. Preciado transicionó desde Beatriz (B) a su nueva identidad masculina en 2014, momento en que termina la relación con Despentes.

Y eso algo nos dice sobre el tránsito por sexualidades liminales de Despentes.

El libro no está escrito desde el cómodo sillón del intelectual. Está escrito desde la trinchera, en las calles, en primera línea de batalla. Virginie Despentes —al igual que Preciado— se destaca por su militancia feminista y de las nuevas sexualidades.

Y quizá por eso resulta tan interesante cómo se presenta Despentes a sí misma. No parece especialmente preocupada por encajar en el papel tradicional que se espera de una mujer. Más bien al contrario: se presenta como alguien que desea, antes que como alguien que espera ser deseada.

Puede parecer una diferencia pequeña, pero no lo es. El reparto tradicional de papeles sexuales coloca al hombre en la posición del sujeto deseante y a la mujer en la del objeto deseable. Él mira, busca, propone, consume. Ella es mirada, escogida, valorada. Despentes invierte el juego. Quiere recuperar para la mujer la posición de quien desea y, sobre todo, la posibilidad de expresar ese deseo sin pedir disculpas por ello.

«En la moral judeo-cristiana, más vale ser tomada por la fuerza que ser tomada por una zorra».

Es una frase brutal. Y precisamente por eso funciona. Despentes señala una contradicción incómoda: nuestra moral parece soportar mejor a una mujer que ha sido violentada que a una mujer que expresa abiertamente su deseo sexual. La primera puede ser convertida en víctima —y, por tanto, devuelta a un papel que la sociedad entiende—; la segunda resulta mucho más difícil de colocar.

Y cuando una mujer es víctima de una agresión sexual aparece además el mecanismo perverso de la culpa. Algo habrá hecho. Cómo iba vestida. A saber qué pretendía. Iba provocando. No se defendió. Si no se defendió quizá es que le gustaba. La víctima acaba sometida a un juicio en el que tiene que demostrar que no fue responsable de lo que le ocurrió.

Despentes habla de su propia violación, lo hace desde un lugar incómodo: no intenta reconstruir el episodio para convertirlo en una historia ejemplar de víctima y verdugo. Cuenta también la confusión, el miedo y la manera en que la agresión se mezcla con su propia relación con el sexo.

Llevaba una navaja. Una navaja que habría utilizado si alguien hubiera intentado robarle la chaqueta. Pero no la utiliza frente a una agresión sexual. El miedo a la muerte aparece como un límite. Y alrededor de ese límite se mezclan vergüenza, humillación, deseo, fantasía y culpa.

Es importante entender esto: no oponerse no significa consentir. Sufrir una agresión no deja de ser sufrirla porque el cuerpo no haya respondido como imaginamos que debería hacerlo. Y Despentes introduce una idea dolorosa: «sentimiento de culpabilidad: puesto que he tenido a menudo esa fantasía, soy co-responsable de la agresión».

Ahí el libro deja de ser solamente un ensayo sobre feminismo y se convierte también en una reflexión sobre la relación entre deseo, violencia y poder. Porque una fantasía sexual no convierte a nadie en responsable de una agresión. El deseo puede ser contradictorio, oscuro, incluso violento en la imaginación. La realidad necesita, además, consentimiento.

Despentes tampoco se salva a sí misma de la incomodidad. Habla de la prostitución que ejerció durante un tiempo y ataca frontalmente la manera en que la sociedad construye el discurso sobre ella. Se mete con esa tendencia a hablar de la prostitución como si todas las prostitutas fueran iguales: «como si no hubiera una diferencia a priori entre putas de lujo, ocasionales, de la calle, viejas, jóvenes, virtuosas, dóminas, yonquis o madres de familia».

La cuestión que plantea te intranquiliza: quizá el problema no sea solamente la prostitución, sino aquello que la prostitución pone delante de nuestros ojos.

La sociedad quiere ordenar el sexo. Quiere que sepamos qué sexo es aceptable y cuál no. Y cuando algo se sale del marco, una solución bastante habitual consiste en esconderlo. La prostitución callejera molesta, entre otras cosas, porque hace visible algo que preferiríamos mantener oculto. De ahí que resulte interesante otra de sus afirmaciones: «en el fondo tienen miedo de la competencia». La prostitución introduce una posibilidad que amenaza el reparto tradicional de papeles y, con él, el valor de determinadas posiciones sociales. «La posición de la mujer casada se vuelve de repente menos interesante».

Despentes no está diciendo solo que prostituirse sea maravilloso. Su argumento hila más fino: no acepta que la respuesta consista en definir qué puede hacer una mujer con su cuerpo para proteger una determinada idea de dignidad femenina.

De hecho, resume buena parte de su posición con una frase que me parece fundamental: «Lo que a Despentes le da rabia no es lo que los hombres hacen o son, sino lo que quieren impedirme que haga o lo que quieren obligarme a hacer».

Ahí está probablemente el centro del libro.

No se trata de sustituir una norma por otra. Se trata de cuestionar quién tiene derecho a establecer las normas.

También resulta interesante su defensa de la prostitución como intercambio explícito. «Que se pida esa gratificación de forma explícita». Claro. Precisamente para eso existe el dinero: establece una frontera. Lo que ocurre ahí está definido de antemano. No hay que fingir amor, seducción ni reciprocidad emocional. Hay un intercambio.

El dinero funciona como una raya de tiza: hasta aquí.

Y quizá sea precisamente esa claridad la que resulte tan creepy. Porque permite al hombre decir: hoy, en este momento, no quiero negociar otra cosa. No quiere amor, ni conquista, ni una relación. Quiere sexo y paga por él.

Por supuesto, esto no elimina las relaciones de poder ni las condiciones de explotación que pueden existir alrededor de la prostitución. Pero Despentes cuestiona que para criticarla tengamos que fijarnos exclusivamente en sus formas más degradantes.

Caracterizar toda la prostitución a partir de las situaciones más miserables sería, dice, «tan pertinente como hablar del trabajo textil mostrando únicamente imágenes de niños sin contrato en sótanos».

Es una comparación deliberadamente provocadora. Y funciona porque obliga a trasladar la discusión a otro terreno: si aceptamos que una actividad puede existir en condiciones diferentes, ¿por qué reducimos una de ellas a sus peores ejemplos cuando hablamos de prostitución?

Pero Despentes tampoco convierte la libertad sexual en una especie de utopía liberadora. Reconoce que «que nos atraiga lo que nos destruye nos aparta siempre del poder». El deseo no es necesariamente emancipador. También puede convertirse en una herramienta de sometimiento.

Y aquí aparece otra de las grandes líneas del libro: el cuerpo como territorio político y económico.

«El equivalente del porno para los hombres es el boxeo».

La comparación resulta brillante. El capitalismo convierte el cuerpo masculino y el femenino en mercancía, pero no necesariamente de la misma manera. El cuerpo del hombre puede ser utilizado como espectáculo de violencia física: dos hombres golpeándose hasta convertir el dolor en entretenimiento y dinero. El cuerpo de la mujer es, en cambio, sexualizado y convertido en objeto de consumo.

Dos cuerpos puestos al servicio del mercado. Dos formas diferentes de explotación.

Teoría King Kong no es un libro cómodo. Tampoco pretende serlo. Despentes escribe desde sus propias contradicciones y desde experiencias que le permiten cuestionar cosas que normalmente preferimos mantener separadas: violación y deseo, prostitución y libertad, sexo y poder, feminismo y capitalismo.

Y quizá esa sea su mayor virtud.

No intenta decirnos cómo debería comportarse una mujer correcta. Hace algo bastante más peligroso: pregunta por qué necesitamos que exista una mujer correcta.

Después de leerla, uno puede estar de acuerdo con algunas de sus ideas, discrepar radicalmente de otras o pensar que algunas de sus afirmaciones son deliberadamente exageradas. Pero resulta difícil permanecer completamente indiferente.

Porque Despentes no parece interesada en conseguir que las mujeres sean aceptadas dentro del sistema.

Parece mucho más interesada en preguntar qué ocurriría si dejaran de pedir permiso para salirse de él.⭐⭐⭐⭐⭐

 

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

¿QUÉ SIGNIFICA SER BI-CURIOS@?

Diez meteduras de pata al ligar

La venganza es dulce y no engorda.